inmortalidad de prueba

Advierto de antemano que no va a haber palabras de medida en esta parada.

No era, ciertamente, para tanto. No disponía de ningún elemento arquitectónico único, ni siquiera escaso. Cuando llegamos allí, no salimos a lo desconocido, quizá fue tan sólo una aparición inesperada. Pero no estamos aquí para ser justos, ni siquiera analíticos: aquel era el centro temporal y físico de la civilización que lo habitaba.

Nada en la calle que nos llevó hasta allí presagiaba el encuentro. Caminamos por su centro peatonal despacio, sin carga por primera vez en días, limpios, despacio, queriendo no parecer turistas sin intentar nada, porque no hacía falta. Tiendas, muros, portales de viviendas… Un Mc Donalds en la esquina, por el amor de dios, en la esquina a dos metros de la cual era imposible prever lo que había un centímetro después de pasarla.

Al dejar la esquina atrás, en el juego de pasear, te detienes ante un fragmento de sensación. Tienes que avanzar un poco para que esa visión de recortada luminosidad líquida se amplíe. Qué es. Es una plaza, una bastante grande. Qué tiene. Tiene una piscina que la ocupa casi en su totalidad. De qué es. De qué es qué, ¿la plaza o la piscina?

La plaza es de piedra amarillenta, lo son los edificios que se adentran en su espacio abierto de forma desigual, para cuadrangularla si algún día se ponen de acuerdo, el consistorio como un partenón, los muros de las viviendas, las fachadas de los locales comerciales. Son de piedra amarillenta todos los magníficos escalones que, desde los edificios y las calles se acercan hasta el petril bajo que rodea la piscina, como en las ciudades del Ganges.

La piscina es de agua, poco profunda, se atrevería uno a añadir en vista de su transparencia. Es de un verde sereno, casi grisáceo, como los ojos de poca gente. En su constante agitación alegre, atrapa hilos de sol en las garras líquidas de su superficie y se engalana de oro vivo.

La plaza y la piscina son de luz. Es imposible, lo es al menos para mí, aventurar sus dimensiones, ni siquiera por comparación. Estando allí, sentados en la terraza donde una camarera japonesa de nombre delicioso tuvo la delicadeza de elegir por mí lo que iba a tomar, no fui capaz de abarcar lo que tenía delante, ni siquiera lo intenté. Él dijo “Mira, es realmente una piscina”, señalando con la mirada un par de cuerpos nadadores en un punto lejano, como si hubiéramos expresado en algún momento lo atractivo e indudablemente cálido de aquella agua. Y también una fuente, al menos en una de sus esquinas.

Al otro lado de la piscina, más allá de las escaleras en espejo, la ciudad se recompone sin sobresalto. Sin duda. Podría jurarlo.

Plaza, piscina, edificios, escalones, terraza, fuente, agua, luz, piedra. Es lo que no tiene palabra lo que se está difuminando como un sueño en el recuerdo, aun a dos horas de haberlo dejado, y lo que nos retuvo en aquel escalón hasta mucho después de que se pusiera el sol, en silencio.


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