raíles

El tren tiene unos baños extrañísimos.

Para empezar, son descomunales. Quien haya usado, no es mi caso, el retrete de un autobús, debe de saber lo que es un baño descomunal por puro contraste. Los baños de este tren son descomunales, mayores que los de un colegio público medio. Sin poder asegurarlo, diría que ocupan un vagón entero. Su luminosidad es increíble. Las ventanillas, sobre los lavabos, trabajan con entrega hasta que el sol se pone y juro por dios que no hay cortinas que dificulten su labor.

Para seguir, tienen una función, cuando menos, doble. Los baños de este tren son descomunales y albergan el equipaje de los viajeros. Está ahí, tirado en un rincón a la derecha de la entrada, entre la puerta y los lavabos. Tirado, no sé si desde su llegada o como consecuencia de alguna inspección posterior. Forma una pirámide de bultos abiertos que exhiben sin pudor cables de secadores, neceseres de plástico transparente, una camisa de popelín con unas flores enormes, calcetines, frascos de cosas… Algunas bolsas de viaje se han desinflado al perder su contenido, pero la mayoría parecen granadas reventonas. Es increíble, surrealista. Diría que toda la humanidad que hay desperdigada por el suelo, alrededor de la pirámide, junto con los bultos que forman su base, está echada a perder. Porque el suelo es un charco. No se ve que el líquido fluya desde alguna parte, simplemente está allí oscureciéndolo todo. Ha podido caer desde los lavabos, desde los váteres, desde… las duchas.

Las duchas, que es lo que hay en algunos de los cubículos que podrían pasar por retretes. La luz es esforzadamente cruda en este punto. La humedad (etc) en la pared y el chapoteo en el suelo bailan juntos al compás del desorden y la cabeza canta el estribillo “Suciedad, suciedad, suciedad…”. Me sirvo un vaso del zumo que hay en unos cuencos, uno al lado de cada grifo de cada lavabo. Es muy naranja y sabe a multifrutas. No está malo.

Al volver a nuestro compartimento, sin haber hecho más uso de aquellos excusados, me lo encuentro sentado muy tieso, mirando de reojo a la nada de su derecha. Me doy cuenta enseguida: o se han bajado del tren, o se han dormido. Aserverarlo le resulta incómodo. Comparte esa superstición con miles de personas que nunca se considerarían neuróticas. Sí, se han callado. Pero no hay por qué tentar a la suerte diciéndolo, ¿no?

Así que me mira en el silencio, vigilándolo. Y vigilándome a mí, por lo que pudiera pasar. Tardará en olvidar que no tiene que escuchar la nada para que no se escape. Caminará con pasos blandos, gesticulará para no levantar la voz, cerrará puertas y cajones como si viviera en la luna y se le acabasen las pilas. Hasta que se olvide, momento en el que podrá disfrutarlo unos segundos, los previos a que yo, si él tarda en hacerlo, lo rompa. Rompa el silencio con un susurro húmedo.


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