sin espacios vacíos, cuarta

Si algo tienen en común aquel momento y este punto de la narración es la tentación de cambiar de perspectiva, las ganas de contar la historia desde otro lugar, de ser otra primera persona diferente.

El casero, el dueño de aquella primorosa casa de piedra, por ejemplo, que antes de regresar a su propio domicilio en un pueblo mayor no muy lejano, unos veinte minutos en coche, donde le esperaban la familia y la cena, se pasó por la propiedad que arrendaba a urbanitas como nosotros, para comprobar que habíamos dejado las llaves, más que nada. Parecíamos personas normales, decentes, de las que se podía uno fiar, pero nunca está de más dar una vuelta, viniéndole como le venía a él casi de paso.

Atravesó la aldea dormida en la nieve con su 4×4 y, sin apagar el motor, lo abandonó en la entrada de la casa. Introdujo el brazo envuelto de lana de borrego, a su vez envuelta en cuero, entre los leños apilados contra la fachada de la casa y encontró las llaves con un gesto de aprobación, quizá un poco más al fondo de lo que sus brazos y sus dedos redondos consideraban necesario. Llaves en mano, accedió a la vivienda para dar un repaso rápido. Punto negativo para los inquilinos por haber dejado la puerta de entrada abierta, por mucho que la aldea estuviera prácticamente deshabitada en esos momentos. Su impresión de nosotros empeoró al descubrir encendida la luz de la cocina y abierta de par en par la cristalera que la separaba del patio. Pero en fin, concluyó resignado mientras cerraba y apagaba todo, cosas peores se había encontrado después de una estancia, como aquellos que le dejaron un agujero saturado de mierda en el patio, solución que habían improvisado para el retrete atascado de la misma sustancia que también habían tenido la gracia de dejar. Y de hecho, quién podía saber lo que se encontraría cuando volviera a preparar la casa para el siguiente visitante. Éstos se habían llevado el libro horrible aquel, al menos. Ladrones.

Y sin entretenerse en nada más que sacudirse la nieve de las botas antes de volver a meter los pies en el 4×4, puso rumbo hacia su salón, sus zapatillas y su televisor.

No es menos tentadora tu primera persona, a pesar de la incertidumbre, la tensión y la responsabilidad que te vestían. Que te vistieron pasadas unas horas, en realidad. El autobús te llevó al pueblo grande y dividiste las horas teóricas que faltaban para mi llegada en actividades: tomar un café con leche caliente en la cafetería de la estación, buscar y encontrar la pensión en la que íbamos a pasar la noche para soltar en ella las maletas, enchufar la batería de tu teléfono móvil, salir a reconocer el terreno, subir una escalera de piedra muy prometedora porque parecía larga y poco directa, pero que resultó ser una trampa mortal de hielo y desequilibrio; tomar otro café caliente en la barra oscura de un bar estrecho, con paredes de bloques de piedra, con sólo dos mesas que estaban ocupadas por sendos tapetes, uno de mus y el otro de algún juego de cartas conocido por todos menos tú; volver a la pensión, darte una larga ducha caliente y secarte con la toalla de manos en vez de con la de cuerpo entero, porque dobladas parecían iguales y, en realidad, poca diferencia había en su tamaño y su desgaste; quedarte dormido sobre la cama, de cara al techo, probablemente con la boca abierta, con la luz encendida; despertarte un poco y entonces despertarte de golpe, porque la noche seguía siendo igual de oscura y eso no te aclaraba de ninguna manera qué hora era.

Y en ese momento, sin todavía sospechar que algo podía no ir según lo previsto, empezó tu noche de tensión. Porque tu móvil ya cargado y el mío todavía sin descargar te confirmaron que el último autobús, el que me tenía que llevar al pueblo contigo, debía de haber llegado media hora antes. Sorprendido porque no hubiera ido a la pensión, decidiste acercarte a la estación, que estaba desierta. En la cafetería, el camarero terminaba de aupar las sillas sobre las mesas y te informó de que sí, el autobús había llegado a la hora, pero no recordaba que hubiera bajado de él nadie parecido a mí, de hecho, nadie que no conociera, porque a aquellas horas ese autobús lo usaban siempre los mismos, pero que bien podía ser que hubiera salido por detrás o que él mismo no se hubiera fijado.

Determinaste que, como hacía mucho frío, había decidido ir a la pensión sin esperarte en la estación ni un poco, y que o nos habíamos cruzado en el camino, o encontrarla no me había resultado tan fácil como a ti. Volviste a la pensión. Diste una vuelta al pueblo, no era tan grande, era invierno, si andaba por allí nos veríamos, ¿no habías visto ya tres veces a aquella mujer con la bolsa azul trenzada? Regresaste a la pensión decidido a quedarte allí, porque si los dos estábamos buscándonos de la misma manera… A esas alturas ya estabas muy nervioso, pero no querías reconocerlo. Cuando te alcanzó la media noche, tú ya habías alertado a la dueña de la pensión, intentabas hablar por teléfono con alguien de la compañía de autobuses que no fuera el contestador y maldecías mil veces la evidencia de que tu siguiente llamada sería a la Guardia Civil, mientras aquella mujer pequeña de rizos castaños te intentaba tranquilizar diciendo que probablemente yo estaría durmiendo en la casa en la que habíamos pasado los últimos días, que una lástima que no pudiéramos coger el autobús a la ciudad que salía a primera hora del día siguiente, pero que no más allá de eso… La luz artificial te lo parecía más que nunca, como si todas las lámparas del mundo fueran filamentos de bombilla desnudos y esqueléticos.

Hasta esa tu primera persona es tentadora en este punto de la narración y lo era entonces, en el encierro de aquel patio descubierto.

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