sin espacios vacíos, parte segunda

El interior de la casita estaba ya a oscuras. Diría que se alegró de sentirme de nuevo en ella, que sentía alivio por no tener que hacerse valiente al llegar la noche. Recorrí la planta baja con la excusa de buscar algún objeto olvidado. Lo hallé en la cocina, en el mismo rincón que el día que llegamos. El olvido de ese libro no había sido nuestro, había sido la herencia de un inquilino anterior, pero era sin duda un olvido. Ocupaba el lugar que debiera haber ocupado un microondas o una panera. Siendo como era el único libro de la casa, festejamos su silenciosa presencia con gran reconocimiento cuando lo descubrimos.

Encendí la luz fluorescente y decidí permitir que aquel abandonado libro aligerara mi espera, si era capaz de ello. Mi primer impulso fue acercar una de las sillas de mimbre al ventanal que se asomaba al patio que había detrás de la casa. La sillas aún no se habían vencido, el asiento permanecía prieto y apenas crujía, pero su olor las hacía tan deseables como si fueran viejas y decrépitas.

Mierda, salí al patio. Al acercar la silla al ventanal, el espacio negro me sobrecogió hasta el punto de tentarme a cerrar la contraventana. La noche se había cerrado muy deprisa allí fuera, sin farolas, sin más iluminación que la que se escapaba de la cocina por el cristal, que nunca fue jaula para la luz. No era un patio grande, pero la luz fugada no era ni mucho menos suficiente para abarcarlo entero, el degradado en penumbra se diluía en la oscuridad sólida que había invadido el fondo de aquel jardín sin vegetación. Tuve una conciencia fugaz de estar en una de las sucursales del último sitio asegurado por la civilización humana, mirando aquel patio. La cocina protectora, el mirador con letreros de “Asómense con cuidado, peligro de ser engullido por la nada.”, sería más acogedora si me evitaba el ver accidentalmente algún ser saliendo de aquella frontera de improviso. Miré el reloj: todavía debía permanecer casi dos horas y media allí.

Salí al patio porque las contraventanas no evolucionaban positivamente. Eso digo a quien me pide explicaciones, porque me ahorra mucha palabrería. Pero lo cierto es que no sé por qué salí. En efecto, las contraventanas parecían atoradas por el hielo, eso creí, y resultaron haber sido atadas por ti antes de irnos esa mañana, plegadas en lugar de cubriendo los cristales. No descubrí eso hasta que no estuve fuera, pero no salí para comprobarlo. La respuesta más sincera que puedo dar para justificar ese paso sería “Porque sí.”. En aquel momento no parecía importante, estar dentro o fuera. No me había invadido por completo la necesidad de tapar las ventanas, ni la oscuridad había despertado en mí el morbo libidinoso del miedo, ni quería despedirme del patio nevado, ni me pregunté “¿Y si salgo?”, ni me respondí “A que no te atreves”. No tuve ningún tipo de conversación conmigo al respecto. Sólo abrí la puerta que conectaba el exterior interno con la casa y dejé que el frío entrara a la par que yo salía.

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