sin espacios vacíos, primera parte

Lo que pasó aquella tarde, pasó como la punta abierta de un mismo cabello. Ojalá pudiéramos contarlo así.

Ya habíamos metido en el autobús el equipaje, esperábamos a que el conductor terminase de hacer lo que estuviera haciendo en la casetilla que había junto a la parada. Yo metí la mano en el bolso de la chaqueta para alcanzarte mi teléfono, porque el tuyo no tenía batería, y entonces se me hicieron extrañas las llaves que había llevado encima todo el camino.

Me detuve en seco y te miré. Me he traído las llaves, mierda, llevo las llaves encima. En tu mirada fija en mí podía ver cómo tu cabeza iba sopesando opciones y descartándolas a esa preciosa velocidad que gasta tu procesador carnal, sin comentarios, sin preguntas.

Me dijiste adiós desde la ventanilla y me hiciste un gesto amenazador con el dedo, acompañado de una sonrisa muy grande con la que pretendías disfrazar tu inquietud. Te contesté como si el asiento vacío de tu izquierda no fuera mi lugar favorito del mundo en ese momento, y cuando el autobús se alejó sentí soledad de una forma exagerada, como si la improvisación hubiese matado a lo altamente provisional de mi singularidad de ese momento.

Con las manos en los bolsillos, giré sobre mí y me dirigí hacia la casa. No había ninguna prisa, en realidad, el siguiente y último autobús a la ciudad salía tres horas y media después, tiempo de sobra para ir, dejar las llaves en su sitio y volver a la parada cinco veces; pero hacía frío y oscurecía, porque así son las tardes de otoño viejo, y las calles sin apenas farolas y con nula vida de la aldea eran menos acogedoras ahora. De manera que arrastré los pies por la nieve hasta la casita de piedra que nos había acogido durante los últimos días.

Las únicas huellas que encontré por el camino y delante de la casa las habíamos dejado nosotros minutos antes. Verlas ahora resultaba extraño, tan desnudas de nosotros, que no nos dábamos cuenta de que las desvestíamos al dejarlas.

Las instrucciones eran claras: al marchar, dejar las llaves ahí, dentro de un leño hueco de apariencia perfectamente normal, el segundo de la tercera fila de la pirámide de leños que hay contra la pared de piedrotas, debajo de la ventana enrejada. Mejor antes que después, en vista del éxito obtenido; escondí las llaves en el hueco convenido, no sin antes abrirme la puerta oscura y pesada, que había dejado cerrada con dos vueltas de cerradura y no sólo del primer golpe, en contra de lo acordado.


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