sin espacios vacíos, tres

La frontera con la noche al natural estaba a pocos pasos. Había nieve de todas las edades relumbrando aquí y allá, pero al otro lado de esa frontera incluso la nieve se apagaba. Perseguí a mi sombra hasta aquel límite a partir del que nada se veía, pisándole los talones con más reverencia que cautela. Todo crujía, todo, las pisadas, el poliester de mi ropa de abrigo, hasta mi aliento era crepitante y escandaloso. Continuó siéndolo cuando mi sombra-guía, confundida ya entre los suyos, desapareció y yo me supe en el lado oscuro. Extendí un brazo delante de mí, más por equilibrio que por protección. Una parte de mí se sorprendió, incluso diría que  se decepcionó un tanto, al comprobar que si me ponía una mano a la altura de la cara, podía verla. Distinguía, en gris, el montón de nieve en el que me había hundido hasta el tobillo, y si me giraba, vería con toda seguridad mis huellas atravesando el patio. Cruzar la frontera oscura no me había conducido a la ceguera, sino que había ampliado mi visión y quizá me había concedido el don de la invisibilidad. Me pregunté si me verías desde la cocina, si hubieras estado allí en aquel momento.

El fondo del patio no estaba muy lejos de día, no podía estarlo tampoco de noche; de la misma manera, ya que no lo había de día, era poco probable que encontrara de noche algo interesante en los altos muros de piedra cubierta de hielo que rodeaban la propiedad. Me quedé en el sitio escuchándome respirar el aire frío. Miré al cielo, no vi nada. Dejé que un par de copos se me fundieran en la nariz. Me equilibré el libro sobre la cabeza. Me aburría mortalmente.

En ese momento. En ese momento sonó una puerta cerrase a mi espalda, el mismo lugar donde en ese momento se apagó la luz artificial de la cocina. Las tinieblas se apropiaron del patio, que pareció dilatarse, y yo me quedé en alguna parte de un océano de vacío. La alarma me lo erizó todo entre la nuez y lo alto de la cabeza. No creo que tardará más de medio segundo en girar sobre mis talones, pero sé que ese tiempo mínimo lo pasé en la más total de las petrificaciones.

Allá, a lo lejos, estaba la pared por la que había salido al patio. Era como ver un carbón donde antes había brillado desde su interior un ascua, y no fui capaz de reconocer nada de lo que me rodeaba. No fui capaz de reconocer el momento anterior. Lancé zancadas hacia la casa, presa de la incredulidad. Sacudí la puerta cuando la encontré, la golpeé. No podía estar más cerrada. No habiendo pomo ni manilla que girar, tan sólo las rejas que la engalanaban y la resguardaban, me así a ellas y les propiné todos los tirones y empujones de que eran capaces mis brazos. Grité. No sé ni qué grité. Sabía que era inútil gritar allí, pero grité. La puerta no cedía un milímetro, ni siquiera parecía tener holgura en el marco.

No podía entender cómo era posible. Los ventanales sin vida eran desconocidos y hostiles. La cocina a oscuras a través de ellos parecía el paraíso en ese momento. No había nada en ella. Cómo era posible. Golpeé los cristales con la palma helada de la mano. No me hacía falta verlos para saber que tenía los dedos rojos, porque cada golpe que daba con ellos dolía de frío.

Y golpeando las ventanas, el frío dejó de tener gracia. Ya no era parte del decorado. No había tocado la nieve, no la había tocado, y en ese momento, no haber tocado la nieve, tener la mano seca, fue el único consuelo que conseguí inventar. No podía entrar en la casa, no podía salir del patio, pero al menos mis manos heladas no estaban mojadas. Creo que fue entonces cuando las escondí en el interior de las mangas. Frío e Intemperie; me habían encerrado en una jaula con dos bestias, esta vez sin pelaje alguno, llamadas Frío e Intemperie.

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