terciopelo pardo

Es de noche, lleva siendo de noche mucho tiempo, incontable. Finjo dormir la mayor parte de ese tiempo, adoptando una postura elocuente, pero que me está dejando el cuerpo roto sobre esta butaca de tapicería resobada.

Una vez más, no podido hemos sentarnos juntos; esta vez ni siquiera hemos podido viajar en el mismo autobús. Nos estamos pasando la mayor parte del viaje montados en algún medio de transporte y sin poder estar juntos realmente. Hoy ni siquiera van nuestros equipajes en el mismo maletero. Somos como dos desconocidos que tienen que acabar en el mismo punto, al que se dirigen por separado; para, una vez allí… ¿qué? ¿verse la cara y cerrar el libro?

Aún me quedan varias horas en este autobús. Es el hombre que se sienta a mi izquierda el que finje dormir ahora. O quizá duerma de verdad. Lo mismo me da. Ha apoyado la cabeza contra el cristal de la ventanilla, cosa que no podría hacer yo, pero que no le envidio. Todas y cada una de las ventanillas llevan su correspondiente dosis de grasa gratuita, cortesía de las cabezas precedentes. A dios gracias, no tengo ojos en el cogote.

Su autobús lo lleva hora y media por delante de mí. En teoría. Si en algún final llegamos al mismo destino, más allá de esta noche interminable, si conseguimos mirarnos a la cara, ¿reconocerá con alegría la inmensa sonrisa que no podré evitar dedicarle?

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