#historiasdemiedo

LIMBUS

La noche anterior habían metido al hombre con mucha urgencia y misterio en la última habitación del pasillo, la que tiene la puerta rota y no se cierra nunca. En la barra de enfermeras había una mujer chillando igual que una gaviota porque le parecía indignante (con todas sus letras, dijo, y entonces silabeó las palabras “una” y “vergüenza”) enterarse del ingreso hospitalario de su hijo de boca de la prostituta de turno. La enfermera de guardia bamboleaba los rulos de su media melena como una muñeca. La mujer buscó testimonio en el camillero que estaba amarrando las sillas de ruedas que había desperdigadas por el pasillo para retirarlas; qué pensarías tú, le dijo, si te llamaran a media noche y te dijeran que tu hijo está que no sabe si morirse o no, qué mierda de diagnóstico es ése, para qué están los profesionales de la medicina. El camillero se quedó todo lo quieto que pudo. La mujer se revolvió hacia el puesto de enfermeras y, como el estado de su retoño la tenía muy confusa, siguió plantándole cara al sistema en sustitución.

La puta de turno estaba sentada en el alféizar exterior del final de pasillo, pintándose las uñas de los pies de color carmesí. Desde allí veía la cama del tipo dentro de la habitación, aunque no había mucho que ver. Morirse de miedo, qué complicado, pensaba ella. El tío llevaba todo ese rato muriéndose por miedo a la vida y viviendo por miedo a la muerte y la verdad era que ella no tenía muy claro si había algún limbo organizado para esa situación.

– ¡Eh tú, que me estás pintando de rojo las margaritas! – gritó el jardinero desde abajo. Ella misma tenía el cuerpo salpicado de esmalte y hasta el suelo de madera estaba lleno de gotitas que se llevó con la planta de los pies al abandonar la brocha y acercarse al vano de la puerta de la habitación. Al moribundo se le movían los ojos cerrados y torcía el morro. Voceó ella hacia el puesto de enfermeras que al hombre se le estaba quitando el coma. El gotero de absenta estaba deshidratado y los lectores de ondas habían empezado a cantar el Totentanz. Para acercarse a la cama había que sortear el anfiteatro de las butacas de los visitantes a oscuras. Los visitantes habían salido todos a fumar excepto uno que tenía la inspiración puesta en pelar una mandarina y lanzar las mondas al monitor cantante. Al verla inclinarse sobre la cara del otro, el visitante se levantó de la butaca y se acercó por el otro lado de la cama.

Todavía estaba muy lejos, pero se conocía que la enfermera venía por el pasillo por los aullidos de la madre, que crecían como los truenos de una tormenta. El visitante se llevó un gajo a la boca. El velatorio estaba siendo largo y las conclusiones eran imposibles. Uno puede imaginar el dolor de la amputación de un dedo por extensión del daño de un corte superficial y ellos quisieron imaginar el miedo total desproporcionando el miedo irracional, pero se les fue de las manos porque al hombre tumbado lo tenían delante y algún día tendría, cuando menos, que morirse, y en definitiva pasar por alto lo abordable de los miedos pequeños parecía muy poco práctico.

– Es una cuestión de escala, en la muerte está el miedo a lo irrevocable y en la vida también, es una cuestión de escalas.

– Creo que si estuviera despierto nos escupiría a los dos.

En ese momento el tío empezó a sacudirse y el patetismo de la danza macabra se disparó. El visitante dejó caer la mandarina e intentó sujetar la muñeca del hombre, que crispaba los dedos y se los hundía en la garganta y en la cabeza. Aquel cuerpo tenía dentro todos los gritos del mundo y su alma era como una nausea rotunda. La convulsión era incontenible. Era el paroxismo previo a la catatonia que lo había llevado allí hecho un nudo con su propia ropa. La prostituta se subió a la cama y se sentó a horcajadas sobre él. Le apresó con los tobillos las piernas, clavó las uñas en el colchón alrededor de sus brazos y vociferó en su cara como un animal, te han dicho que dejes de tener miedo, no tengas miedo. De alguna manera el hombre consiguió odiar a aquella amazona, pero era un odio desprovisto, vacío.

Desde el vano de la puerta la silueta de la enfermera ordenó a la prostituta que se bajara de la cama. Lo estás poniendo todo perdido de pintauñas; vete a mirar si te necesitan en alguna habitación. Ladeo deliciosamente la cabeza y sombra de su rizos dibujó espirales en las sábanas. Libre de peso, el hombre se replegó temblando con unos 9º de violencia richter, pero la absenta hizo efecto enseguida y la laxitud se hizo dueña de la situación.

De vuelta a la habitación los fumadores se cruzaron con la prostituta acuclillada en el pasillo. Los chillidos de la madre versaban ahora sobre el contenido del gotero, sobre la alimentación de su hijo, sobre aquellas sábanas sucias. El visitante recuperó la desdentada mandarina. – Me debes un desayuno.- le dijo al hombre tumbado. Y le acarició la oreja


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