La plañidería

La mala sangre le recorría las venas en varias facetas. Cómo te lo digo: estaba hasta los cojones, pero los golpes contra la pared se los daba en la cabeza, o en los pies, a veces en el pecho, con el puño.

Ese día la sangre era un demonio. La habitación le duraba tres zancadas frenéticas, giraba sobre sí mismo retorciendo el cuello y enseñando los dientes apretados y cerraba los ojos con el ceño, para que no escaparan de sus agujeros-nido. Aunque la única bombilla (SotL, más cerca) no hubiera estado medio oculta en el pasillo que dos cajas construían, él habría continuado siendo dos caras de sombra y luz en la semipenumbra. En el culmen de la agitación decidió sin razonar. No era algo que hubiera hecho en los meses pasado, por vueltas que le hubiera dado al asunto, pues razonar y darse golpes no es compatible; tampoco iba a hacerlo ahora. Decidió embistiendo con la cabeza el aire y apretando esta vez los puños. Luz en pintura ocre cayó al suelo del pasillo al abrirse la compuerta de la habitación con brusquedad. Él salvó el charco con las piernas largas y se sumergió en la oscuridad del pasillo para alcanzar la compuerta de seguridad que lo separaba del resto del edificio.

Descendió al nivel inferior aferrándose al diablo que había crecido de él, para no caerse.  En destino retuvo la corriente de sangre contaminada lejos de la palma derecha. Con ella palmeó una puerta, bajo sarcástico control. Nada se movió al otro lado de esa puerta durante un corto tiempo que le pareció suficiente para sentirlo como una provocación. Descargó el torrente demoníaco contra el separador indiferente, jaleándose a sí mismo con injusticia, con la poca vergüenza ajena; arremetió con todo el peso de su caudal en golpes de resonancia sísmica cada vez más saturados de culpa y de miedo. Espiaba entre sus jadeos cada ruido que no saliera de alguna manera desde su cuerpo, y pasados quién sabe cuántos minutos dejó los antebrazos sobre esa puerta, dejó sobre ellos todo su peso, sobre su peso dejó caer la frustración, sobre la frustración pesó el alivio y encima del alivio permitió que cayeran todas las lágrimas de su mundo.

Se deslizó hasta el suelo, siendo los radios de sus brazos patines sobre la puerta. Habiendo descargado tanta resolución a golpes, la vergüenza era lo único que aún tenía en cantidad, vergüenza de ser descubierto así, tirado en el suelo, congestionado, inexplicable. Y sin embargo, era incapaz de moverse. La vigilancia a cualquier ruido que anunciara la aparición de alguien lo tenía atrapado como un borracho sin llaves en la puerta de su casa. Su mente hervía con excusas inacabadas, la injusticia, la desvergüenza ajena.

El silencio era atronador. A quien apareciera, a ese ser terrorífico que aparecería en la oscura escalera en cualquier momento, no podría convencerlo jamás del ruido que a diario amenazaba su existencia, que lo acercaba a la locura con la seguridad de lo que ya era un hecho. No podría decirle que detrás de aquella puerta, detrás de esta puerta, está el infierno, el infierno, que sube hasta mi habitación en forma de gritos y carcajadas.

– Bueno, pero ¿qué hace usted en el suelo?

– Cualquier música es ruido cuando uno quiere silencio.

Ante su inmovilidad, la luz de los pasillos se apagó. La sangre que se le enfriaba dentro estaba hervida y ya no lo alimentaba. Cuando el frío empezó a distraerlo…

No, de verdad, así es imposible. No se callarán nunca, nunca. El hijo de puta que inventó los bloques de apartamentos se las verá conmigo en el infierno, si es que se digna a venir y hacerme una visita a esta sección del mismo.

 


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